Cuando Cirque du Soleil empezó a hacerse conocido fuera de Canadá en los años 90, muchas personas pensaban que el éxito de la compañía estaba únicamente en la dificultad técnica de los espectáculos.

Las acrobacias parecían imposibles y cada actuación transmitía una sensación de precisión difícil de explicar desde fuera.
Sin embargo, la técnica por sí sola no era suficiente para desplegar todo el talento de los artistas.
Muchas de las personas que llegaban a la compañía ya eran profesionales de élite que habían entrenado durante años para alcanzar niveles de exigencia física extremadamente altos.
Y aun así, cuando empezaban a formar parte de los espectáculos, la técnica no garantizaba el resultado que Cirque du Soleil buscaba sobre el escenario.
Porque el objetivo no era únicamente ejecutar bien un movimiento, era conseguir que toda esa técnica se transformara en una experiencia capaz de emocionar al público mientras sostenían presión constante, coordinación absoluta y conexión total con el resto del equipo.
La seguridad física de los artistas dependía continuamente de la concentración, la confianza y la capacidad de mantenerse presentes en tiempo real junto al resto de compañeros.
Por eso, la forma en la que Cirque du Soleil trabajaba el talento incorporaba un componente extra a la teoría y la práctica.
Incorporaron una tercera parte que terminó convirtiéndose en una pieza fundamental de su filosofía.
El estado físico, mental y emocional desde el que los artistas salían al escenario.
Respiración, regulación emocional, concentración, presencia escénica y conexión entre compañeros empezaron a formar parte del entrenamiento habitual de la compañía.
Con el tiempo, esto terminó diferenciando a Cirque du Soleil no solo de cara al público, sino también atrayendo a algunos de los mejores artistas del mundo.
Dos personas podían tener exactamente la misma preparación técnica y haber practicado el mismo número durante meses y, aun así, desplegar un talento completamente distinto delante del público según el estado interno desde el que salían al escenario.
Cuando ese equilibrio no aparecía, el talento dejaba de expresarse por completo.
Comprender que el talento no depende únicamente de lo que una persona sabe hacer o de cuánto haya practicado es una de las claves del éxito de esta compañía.
Si lo miras con calma, esto empieza a tener cada vez más sentido dentro de las organizaciones actuales.
Durante muchos años, la formación se centró principalmente en conocimiento y práctica.
Y eso era suficiente para muchos entornos de trabajo más estables y predecibles.
Las personas aprendían una habilidad, la entrenaban y después podían aplicarla dentro de su puesto con relativa facilidad.
Sin embargo, las organizaciones de hoy funcionan en contextos mucho más complejos.
La presión constante, la velocidad de adaptación o la necesidad de coordinarse continuamente con otras personas han cambiado bastante la manera en la que el talento se despliega dentro de los equipos.
Ahí es donde empieza a cobrar importancia algo que Cirque du Soleil entendió hace tiempo.
El estado desde el que las personas intentan trabajar ese talento.
Muchas veces el problema no está en la capacidad técnica de los equipos, sino en que las personas no consiguen sostener todo su potencial dentro de contextos de presión, desgaste o desconexión.
Nuestras experiencias formativas trabajan teoría y práctica, pero incorporan además una tercera dimensión que cada vez tiene más impacto dentro de las organizaciones.
El estado del cuerpo, la mente y la emoción.
Porque cuando esas tres dimensiones entran en equilibrio, el talento y el bienestar empiezan a aparecer de una forma completamente distinta dentro de los equipos.
Y eso termina generando algo que cada vez preocupa más a RRHH.
Equipos que no solo rindan bien, sino que también puedan sostener ese rendimiento de una forma saludable, equilibrada y humana dentro del día a día de la organización.
Por eso las formaciones también necesitan evolucionar.
Porque desarrollar habilidades sigue siendo importante.
Pero ayudar a que las personas puedan desplegar todo su talento dentro de entornos complejos probablemente se ha convertido en una de las claves más relevantes para las organizaciones actuales.
Y no importa si hablamos de formación en comunicación, liderazgo o cualquier otra habilidad dentro de la organización.
Este tercer componente es el que está empezando a marcar la diferencia en muchas empresas que trabajan el talento desde una visión más avanzada y humana.
Si te interesa explorar cómo aplicar este enfoque dentro de tu organización, escríbeme y lo vemos.
— Berta
PD: ¿Crees que el talento depende solo de la capacidad técnica de una persona?
